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He vuelto a escribir, papá.

Resulta que yo juzgaba a las palabras por no poder ser un medio adecuado para el sentir de mi piel y de mi aliento, o para poder transmitir lo que realmente tengo dentro, y aunque es parcialmente cierto, en realidad me era más fácil desconectarme de mi lengua madre y culpar a las letras por no saber componer mi libertad, que a mi corazón por latir tanto sin respirar. 

No es culpa de ninguno, es solo que olvidé respirar. Olvidé cómo respirar y hablar y cómo hablar y callar. 

Olvido seguido. Como tu fecha, una vez más.

El 12 de diciembre me la pasé en una fiesta y tomando algunos tragos, riendo cada tanto y bailando por instantes, recordando lo viva que está la vida. 

Y olvidé, de nuevo, olvidé, que el 12 se cumplían un año y nueve meses de aquel día en el que te fuiste y te llevaste partes de mí que cesaron su parpadeo el mismo día que tú. 

He vuelto, pa, o eso creo.

A ratos, apenas ando entendiendo cómo, aunque las partes de mi barco ya no son las mismas ni están hechas de lo mismo, mi barco sigue siendo mío, solo es cuestión de ajustar las velas. 

Pero he vuelto, pa, vivo constantemente saludando a quien fui y conociendo a quien soy. Me soy familiar pero mi reflejo a veces es ajeno, pero sé que soy yo. Y sé que estás aquí. 

Creo que, olvidé la fecha porque recordé una vez más, que “muerte” es solo una palabra. Y que entre tú y yo no hay más que tiempo. 

Un saludo, de nuevo, de aquí hasta allá, papi. 

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